miércoles, 31 de mayo de 2017

Es Madrid ciudad bravía que entre antiguas y modernas tiene trescientas tabernas y una sola librería.

“Es Madrid ciudad bravía
que entre antiguas y modernas
tiene trescientas tabernas
y una sola librería”.

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Nunca me ha gustado que se celebren, bajo esa denominación, Días del Libro o Ferias del Libro. Prefiero la denominación, que no sé si llegaré a ver, de Día de la Lectura o Feria de la Lectura, porque el libro en sí mismo no es más que un objeto inerte cuyo objetivo final no es su propiedad sino su lectura.

No obstante, las Ferias y Días del Libro sirven, al menos, para arrancarle a la gente el impulso de comprar cultura, sea para regalar, para adornar o para los más diversos usos, lectura incluida.

Según las últimas estadísticas el 39% de la gente no leyó ningún libro en 2015; hay 700 librerías menos en el último año y en una década ha cerrado el 25% de los puntos de venta de prensa, a pesar de que en los últimos 15 años se registra un incremento de 11,2 puntos en la proporción de lectores frecuentes.

Respecto al consumo de vino, producto por excelencia de las tabernas, los datos dicen que aunque el consumo de vino por persona al año ha caído un 15% en 12 años (2000-2012), la última cifra oficial es de casi 20 litros/persona. Este dato nos sitúa muy lejos de Francia, Portugal o Italia, también grandes productores pero mejores consumidores, pues sus índices están en 47, 42 y 37 litros/persona/año, respectivamente.

Como se ve, también en vino (como en lectura) somos mucho más productores que consumidores. Entendiendo, claro está, que tanto el vino como el libro son una parte importante de nuestra cultura.

Pero no he venido hoy a hablar del consumo de libros o de vino, al menos no de la situación actual; sino que libros y vino son el pretexto para mostrarles cómo la relación de los españoles con los libros y con el vino viene de lejos, como ponen de manifiesto las edificantes anécdotas de algunos de los grandes clásicos de la literatura española, relacionadas ellas con el vino, el gusto que por él tenían algunos de ellos y cómo se lo "reprochaban" unos a otros.

Pero antes, déjenme que aporte algunos datos más.


I.-

En Madrid capital había en 2012 casi 18.000 bares y restaurantes, sobre una población estimada de unos 3,3 millones de habitantes. La cifra puede resultar sorprendente, aunque no es, ni de lejos, la provincia con mayor proporción bares/población: ese mérito se lo lleva Cáceres.

Según los datos de 2013, en España hay 269.107 bares o restaurantes.


II.-

Según el censo realizado por la Confederación Española de Gremios y Asociaciones de Libreros, en 2013 había en España 4.336 librerías identificadas, aunque según el INE la cifra podría ascender a más 5.500.

También este dato resulta sorprendente, porque España se sitúa a la cabeza de los países de la Unión Europea en el número absoluto de librerías y en segunda posición en el número de librerías por 100.000 habitantes.

Por desgracia, España también está en los primeros lugares en cuanto a la evolución negativa de este tipo actividad económica, quizá en coherencia con los bajos índices de lectura antes mencionados. Se ve que en España estamos dejando de comprar más libros de los que leemos.

El citado Mapa de Librerías le otorga a la Comunidad de Madrid 517 librerías, tercera posición en el ránking por comunidades autónomas, por detras de Andalucía y Cataluña, aunque proporcionalmente es La Rioja la que tiene mayor ratio de librerías por cada 100.000 habitantes.

No es fácil saber el dato exacto, pero según el índice de Laslibrerias.com Madrid capital tiene un número de librerías que se aproxima a 300.


I + II

Madrid 2013: 18.000 bares, 300 librerías.


III.-

El dato no está mal sobre todo si tenemos en cuenta la situación de comienzos del siglo XVII y que cuenta Néstor Luján en La vida cotidiana en la España del siglo de oro:
en 1600 había en Madrid nada menos que 391 tabernas contabilizadas, según las crónicas de la época.

Y la gente, haciéndose eco de su número, recitaba, sin hipérbole casi, el epigrama
“Es Madrid ciudad bravíaque entre antiguas y modernastiene trescientas tabernasy una sola librería”.
Madrid 1600: 391 tabernas frente a 1 librería. 

Permítaseme añadir, por las dudas, que bravío, dicho de una persona, se refiere a que tiene costumbres rústicas por falta de buena educación o del trato de gentes.

El generoso redondeo "a la baja" del epigrama (de 391 a 300) es, con toda seguridad, una exigencia métrica que no arruine tan sabrosos octosílabos.

Desconozco la exactitud de estos datos y si el epigrama es una especie de chascarrillo satírico que ya a principios en el Siglo de Oro ponía de manifiesto la gran afición de los españoles al vino frente a la cultura, incluidos en el lote algunos de los grandes clásicos de nuestra literatura.

De aquellos años existe numerosa normativa municipal que pone de manifiesto cómo el vino era un elemento fundamental en la actividad mercantil de la ciudad, conventos incluidos, que competían sin rubor en la producción y despacho de tan preciado elemento, y las disputas enconadas que taberneros y monjes mantenían al respecto.

Ya sé que los tiempos han cambiado, que han mejorado mucho la alfabetización y el acceso a la cultura, pero nuestra afición al vino se ve que viene ya de antiguo.


IV.-

La literatura de la época trata muy mal a los taberneros. Las acusaciones más habituales, las de aguar el vino, venderlo lleno de mosquitos y trapichear con él.

Probablemente conocerán el origen de la palabra “tapa”, hoy asociada a una pequeña porción de comida que acompaña cualquier bebida consumida en una taberna, pero que originalmente tenía la función textual de “tapar” el vaso de vino con un trozo de pan o jamón para evitar que cayeran dentro insectos de todo tipo.


Tirso de Molina
• Se ve que a Tirso de Molina el tema le preocupaba porque afirma:
“Cuando pido de beber, agua me traen en la copa y vino me echan encima”.
Y en otra ocasión:
“Aquí llaman taberneros y andan bautizando corderos”.

Lope de Vega
• También Lope de Vega reflexiona sobre la cuestión:
Porque en vinos en Madridlo mismo es agua que vino…por más fuentes que labréismás tenéis en las tabernas.
Y arremete contra los taberneros y sus matutinos tráfagos pecaminosos:
Cuando el mozo del caminoecha cebada a las mulasy los ladrones con bulasaguan la leche y el vino.

Rojas Zorrilla
• Rojas Zorrilla también parodia la situación cuando uno de sus personajes muestra un ensalmo para transformar agua en vino, al estilo de las Bodas de Caná, y otro le replica:
Si ello es vino de Madrid
tan agua será como antes.
Aunque estos versos más iban encaminados a expresar inquina por los taberneros que a criticar las bondades del vino, que no dudaron en ensalzar cuando tuvieron ocasión.


Quevedo
• Es Francisco de Quevedo quien hizo esta declaración de intenciones:
Dijo a la rana el mosquito
desde una tinaja:
«Mejor es morir en el vino
que vivir en el agua».
Y se ve que tampoco le importaba demasiado que el vino tuviera mosquitos, como declara en su soneto Bebe vino precioso con mosquitos dentro:
Liendres de la vendimia, yo os admito
En mi gaznate pues tenéis por soga
Al nieto de la vid, licor bendito.

Tomá en el trazo hacia mi nuez la boga,
Que bebiéndoos a todos, me desquito
Del vino que bebistes y os ahoga.

• Y es de nuevo Lope de Vega el que afirma:
El vino, mientras más se envejece, más calor tiene: al contrario de nuestra naturaleza, que mientras más vive, más se va enfriando.


V.-

Las disputas literarias han sido habituales entre nuestras plumas. Algunas brillantes, otras, lamentables. A su buen criterio dejo calificar de una u otra manera los dardos que se dedicaron mutuamente Pérez Reverte y Francisco Umbral; los que Cela recibió desde diversos frentes; o la broma que le dedicó Valle Inclán a José Echegaray, cuando le mandaba cartas a un amigo que vivía en la calle que le dedicaron al premio Nobel y ponía en la dirección “calle del viejo idiota”. Las cartas llegaban, oiga.

Aunque hay que reconocer que las más meritorias son las que intercambiaron Quevedo y Góngora, por un lado, y Cervantes y Lope de Vega, por otro. Ellos fueron quienes elevaron el insulto a la categoría de literatura.

Pero nuestros clásicos no solo mantuvieron justas de corte literario, sino que, como parte activa de la sociedad del XVII también se reprocharon mutuamente su afición al vino y cuestionaron los méritos conseguidos por sus rivales atribuyéndolos a la ingesta desmedida del derivado de uva.

Casi todos los grandes clásicos castellanos, desde Quevedo a Lope de Vega, tuvieron fama de no hacer ascos al buen vino, hasta el punto de ser calificados como borrachos por algunos “envidiosos” contemporáneos.

• Cuando el Señor de La Torre de Juan Abad (Quevedo) recibió la Encomienda de Santiago, escribió Góngora al respecto:
“A San Trago se debe y no a Santiago”,

• Y en otros deliciosos versos el propio Góngora atacó a sus dos grandes enemigos literarios, con esta ingeniosa diatriba:
“Hoy hacen amistad nuevamás por Baco que por FeboDon Francisco de Que-bebo
y Félix Lope de Beba”.

• Pero como donde las dan las toman, también Góngora recibió lo suyo. Al parecer tampoco le hacía ascos al vino, así que su alter-ego Quevedo le dedicó una sabrosa andanada al referirse a él como
“Sacerdote de Venus y de Baco”

CervantesSeguramente todos hablaban por propia experiencia. Y la “tradición” de asociar a la creatividad literaria la ingesta de bebidas alcohólicas o estupefacientes ha llegado hasta nuestros días en las más diversas variantes.

Pero no puedo terminar sin aconsejarles que no olviden seguir los sabios consejos que los clásicos dejaron escritos sobre el vino:

• como dijo el propio Quevedo:
“Para conservar la salud y cobrarla si se pierde, conviene alargar en todo y en todas maneras el uso del beber vino, por ser, con moderación, el mejor vehículo del alimento y la más eficaz medicina”.

Y en boca de Don Quijote, Cervantes recomienda a Sancho Panza sobre su afición al vino:
“Sé templado en el beber, considerando que el vino demasiado, ni guarda secreto ni cumple palabra”.
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La lectura en España. Informe 2017.

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